El día 15 de marzo, cuando llegué del trabajo, descubrí que Yin cojeaba de la pata trasera izquierda. No parecía haber una causa clara, para variar no había tirado nada ni armado ningún estropicio, cosa no poco habitual en él. Ese mismo día, lo llevamos al veterinario que tenemos al lado de casa, donde siempre nos tratan estupendamente.
Sergio, el veterinario, me dijo que era muy raro que un gato cojeara, y que si lo hacía debía de ser algo serio. Le tocó la patita y trató de comprobar el ligamento cruzado de la rodilla con pequeños movimientos, pero Yin se quejó mucho y tuvo que desistir. Decidimos que al día siguiente lo intentaríamos de nuevo, esta vez con sedación.
Así pues, el día 16 volvimos al veterinario y, ya sedado, le hicieron una radiografía:
Por lo visto, de la radiografía se desprende que el ligamento cruzado está roto y la tibia desplazada. Esta prueba, unida a las palpaciones que le hicieron para comprobar hasta qué punto estaba sujeta la tibia al fémur, dejó claro el diagnóstico. La operación se fijó para catorce días después, día 31 de marzo, día en el que esperaban descubrir también qué eran esos trocitos sueltos que aparecían en la radiografía, y si tenía artrosis. Durante este tiempo, le administramos antiinflamatorios para que la rodilla estuviese lo más accesible posible el día de la operación, y Yin se pasó los quince días cojeando el pobrecito, pero con el ánimo de siempre.
El día 30 le dimos una buena cena. Es tan tragaldabas el tío que nos solíamos preguntar dónde tenía el fondo, y ese día decidimos comprobarlo, pues ya que no iba a poder comer en muchas horas, por lo menos que cenase bien. Y le dimos latita. Mucha latita, que le encanta. Yin, que nunca la vio más gorda, se puso hasta arriba y acabó vomitándolo todo, el tontorrón de él, porque es que, como le dejemos, come sin control, como si no hubiera mañana. No sé qué trauma tuvo de pequeño, pero aún lo conserva, y eso que comida no le falta.
El día 31, a las doce y cuarto del mediodía, Emilio llevó a un Yin en ayunas al veterinario y lo dejamos allí hasta las siete de la tarde, donde lo encontramos con los ojos como platos, y bastante incómodo en el transportín. El veterinario nos informó de que todo había ido bien, aunque habían descubierto que el menisco también estaba roto y nos dijo que eso haría la recuperación más lenta y dolorosa para el monstruo. No había mucha artrosis, eso era bueno. La operación consistió en esto:

Básicamente, consiste en abrir un trocito de tibia para que soporte mejor el fémur, fijarlo con unas agujas que sólo se sacarán si llegasen a molestarle (lo que detectaríamos por otra cojera) y esperar a que la zona que queda abierta osifique, lo que puede tardar, en total, unos seis meses. Me sorprendió saber que el ligamento no se repara, pero el veterinario nos explicó que este tipo de operación es la que mejor resultado da. Normalmente no queda cojera, pero al tener el menisco roto es posible que le quede un poquito. Nos contó que antes se solía intentar sustituir el ligamento por algún hilo fuerte que pudiera suplirlo, pero todos se rompían muy poco tiempo después de operar, así que se buscó una solución alternativa. Veremos cómo le va a Yin. La operación se llama osteotomía niveladora de la meseta tibial y nos costó 950€. Más información sobre la dolencia y la operación,
aquí.
Nos llevamos a Yin a casa con recomendación de reposo absoluto de un mes entero. La intención era dejarlo en el transportín el fin de semana y sobre todo el domingo. Pero estaba tan incómodo en el transportín, donde le costaba un montón cambiar de postura, que decidimos dejarle moverse un poco por algún lugar por donde no tuviera ningún sitio al que saltar. En mi casa, ese sitio es el recibidor. Así que le pusimos una cestita en el suelo de la entrada, la arena cerca, el comedero, el bebedero, y ya estaba listo su campamento temporal. Lo dejamos allí, fue a hacer un pis eterno a su arenero, y luego se acostó en su cestita, bastante cansado y atontado, y con los ojos llenos de legañas por el gel que le ponen durante la operación para que no se le resequen los ojos. Nos habían dicho que quizá, y debido al dolor, podría no hacer pis ni caca y que quizá habría que darle laxante. No fue el caso: Yin nos brindó sus regalitos como siempre, sin ningún problema. Le hicieron la costura de la herida externa, así que a partir de hoy, domingo, tendremos que limpiarla con Cristalmina para evitar que cree costra. No le gustará mucho, pero tendrá que aguantarse, pobrecito. O arrancarnos los brazos a mordiscos, que tampoco lo descartará tan rápido.

Hoy ya estaba más animado y le dejamos pasear un poquito por la cocina, siempre cuidando de que no intente subirse a ninguna parte. El tío apoya la pata y todo, aunque lo hace con cuidado y, para ser sinceros, no parece tener mucha intención de ponerse a hacer el cabra. Debe de dolerle bastante, pese al Buprex que le estamos administrando, con el que verá dragones por lo menos. Es el que tomaba Currusquín, que al final se lo quitamos, y parece que es una droga bastante fuerte. Tanto, que en la farmacia te ponen mil pegas para comprarla, te piden tus datos y la firma y sello de un veterinario oficial. Vamos, que puedes matar a alguien con eso.


Iremos contando cómo va la recuperación del monstruíto. Como le decía yo a Currusquín, es raro que no sea él, por una vez, el que más pena da de todos. Aquí tenemos a nuestros dos cojitos, ayer les dejamos pasar un ratito juntos en el sofá. Yin es el de la izquierda, Currusquín el de la derecha. El miércoles tenemos la nueva resonancia del Currus. A ver qué nos cuentan del tumor.